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Venus se adentra en el territorio de Escorpio y comienza a desvanecerse ante nuestros ojos.
Su luz mengua, su brillo se apaga,
y lo que antes era deseo visible
se convierte en ofrenda al misterio.
El pétalo que nació en Aries
—con la fuerza del primer impulso de amor propio— llega ahora al final de su espiral:
el portal de depuración.
Todo lo que fue conquista, apego o proyección
se disuelve en el fuego subterráneo del alma.
Ya no quiere admiración,
sino reconocerse en la profundidad
de la que brota su néctar.
En el grado 28 de Escorpio,
justo antes de desaparecer,
Venus se encuentra con Lilith,
la guardiana del silencio que no tuvo voz.
Este encuentro es una ceremonia antigua:
la diosa del amor se inclina
ante la sacerdotisa del tabú.
Se entrega desnuda,
renunciando a toda belleza aprendida,
a toda necesidad de aprobación,
a toda máscara
que alguna vez la protegió del rechazo.
Lilith le susurra desde el fondo del pozo:
“Solo lo que no teme ser olvidado
puede renacer verdadero.”
Así, Venus desciende.
Su desaparición es alquimia.
Lo que muere en la superficie
germina en la profundidad.
Lo femenino vuelve a recordarse
como fuerza creadora y no complaciente,
como deseo que no necesita permiso,
como amor que se sabe raíz.
En su viaje al Inframundo,
Venus se rinde ante su verdad.
Y es en ese abrazo con Lilith
donde comprende que
la verdadera erótica nace en el silencio consagrado,
cuando lo no dicho reconoce por fin su instante de revelarse.
Cuando resurja, será distinta:
no una Venus que ama para ser amada,
sino la que ama para despertar.
Si sientes el llamado de Venus latiendo dentro,
aún puedes unirte al
Inframundo de Venus,
una travesía viva y ritual
donde compartiremos con profundidad
la liturgia de este tránsito
y todo lo que va brotando de él.
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