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Acabamos de cruzar la última puerta en el descenso de Venus.
Un último encuentro con la Luna antes de que la diosa se vuelva invisible entrando al inframundo.
Y huele a climaterio.
A ese momento en que la Luna deja de amparar y le dice a Venus que dé un paso al frente.
«Ya estás preparada para continuar sola este camino.
Ahora debes llevar al siguiente nivel todo lo que has representado.»
Es el instante en que Inanna se despoja de su capa: su último atributo, la frontera final del ego.
Los cimientos viejos se agrietan para dejar caer aquello que ya no sostiene la vida.
Lo que permanecía oculto queda al descubierto.
Nos mira sin máscaras.
Y espera que decidamos qué hacer con esa verdad recién revelada.
Es un portal iniciático.
Este encuentro abre la raíz de la memoria:
una verdad antigua, nuclear, que ya no puede permanecer bajo capas de historia o personajes aprendidos.
Es la semilla de un poder que siempre estuvo allí…
y que al mismo tiempo da miedo mirar de frente.
Este despojo no es simbólico: es visceral.
Es la caída final de la estructura psicológica que protegía un yo construido desde la defensa, el hambre y la necesidad.
Por eso este portal sacude.
Por eso confronta.
Por eso despierta lo que llevábamos años escondiendo debajo de lo evidente.
El portal raíz corresponde al chakra Muladhara.
Su virtud es la templanza.
Su pecado capital es la gula.
Pero aquí “gula” no habla de comida, sino de compulsión:
la gula del miedo,
del control,
del “no puedo sola”,
del “algo malo va a pasar”.
Es el hambre emocional que intenta llenar un vacío con vínculos, hábitos, promesas o autoexigencia.
La templanza, en cambio, no es restricción:
es sostenerse desde dentro sin devorarse ni devorar al otro.
En este portal, Venus/Inanna siente sus paredes internas crujir.
Todo lo que se creía indispensable para sobrevivir empieza a temblar.
Muladhara pregunta:
¿En qué te sostienes?
¿En tus miedos o en tu verdad?
¿Qué parte de tí sigue reteniendo algo que ya te vacía?
Este portal muestra dónde seguimos alimentando un patrón que consume nuestra energía vital.
El precio para cruzar esta puerta es la capa.
La última capa.
Protección y disfraz a la vez.
La versión más íntima del ego: la que no mostramos, pero desde donde todo se genera.
Un tejido hecho de miedo, reacciones aprendidas, discursos que heredamos sin darnos cuenta.
En este punto del ciclo de Venus, esa capa se desprende sin anestesia.
No es un desprendimiento suave.
Es brusco.
Es quirúrgico.
Es final.
Lo que queda al descubierto no es una herida nueva, sino la herida original:
la que modeló patrones, vínculos, conceptos de amor y mecanismos de defensa.
Y esa herida pregunta:
“¿Quieres seguir girando en esta memoria… o despertar el poder que duerme detrás de ella?”
Si la sostenemos sin conciencia, se vuelve obstáculo.
Pero si la atravesamos, se convierte en raíz, fuego y creación.
Lo que muere ahora no es nuestra identidad.
Es la versión de nosotras que solo sabía defender lo antiguo.
Esa parte que sobrevivía controlando, complaciendo o sosteniendo lo insostenible.
Ese yo cansado que llevaba demasiado tiempo intentando encajar en vínculos que ya no lo nutrían.
Ese ego no está muriendo porque haya hecho algo mal.
Está muriendo porque ya no sirve para el camino que viene.
Y cuando ese ego muere, la mente se desorganiza.
Por eso hay confusión, contradicción, vértigo, sensación de “me estoy volviendo loca”.
Pero no es locura.
No es un castigo.
No es un error.
Es desestructuración.
Es el alma queriendo romper un molde demasiado pequeño.
Es liberación.
Es el arquetipo del Loco, que llega porque ya no es posible caminar con los viejos acuerdos internos.
Y abre un territorio nuevo.
La locura sagrada aparece como grieta.
Como quiebre.
Como borde donde lo viejo todavía tira de ti…
y lo nuevo ya está reclamando espacio.
Sientes que algo te muerde por dentro.
Como el perro en la carta del Loco:
—es el pasado que te muerde para que no avances
—o tu instinto que te muerde para que por fin saltes
La mordida no es daño:
es empuje.
Amor o miedo.
Confianza o desconfianza.
Poder dentro o poder afuera.
Esas dicotomías parecen ser los dos polos desde los que podemos habitar la experiencia.
Dos polos de un mismo movimiento.
Este último portal revela que esa ascensión vibratoria tan buscada es verdaderamente un descenso.
Un descenso para llevar luz a los rincones más profundos del alma, donde nunca antes la habíamos permitido entrar.
Un camino para llevar la conciencia al inconsciente.
Una posibilidad para poder abrazar con amor incluso lo que más mueve.
Aquí es dónde el miedo se puede convertir en el mayor maestro del amor.
La luna le pregunta a Venus:
No los obvios.
Los que se esconden debajo del personaje.
Los que moldean la forma en que amas, eliges y te vinculas.
Los miedos que condicionan toda tu expresión y terminan convertidos en pequeñas mascotas psíquicas que sostienes y alimentas día tras día, consumiendo tu energía, atención y tiempo.
Mascotas que crees proteger, cuando en realidad son ellas las que te retienen.
Mascotas que justifican tu yo fragmentado que pide seguridad mientras sofocan tu poder.
Mascotas que terminan condicionando todo lo que expresas como Venus: cómo quieres, cómo pides, cómo respondes, cómo creas, cómo te muestras, cómo te valoras.
Cada miedo sostenido se vuelve un pequeño guardián que te limita “para protegerte”, cuando lo que hace, en realidad, es limitarte y quitarte vida.
En este portal de Venus, se revelan esas dinámicas con brutal honestidad.
La pregunta no es filosófica.
Es visceral.
¿Qué miedos están moviendo tu vida sin que tu lo notes?
¿Cuáles se llevan tu energía y tu tiempo?
¿Eres consciente del gasto energético que te supone la indigestión de aquello que te ocupa?
Cuando un vínculo activa algo incómodo, solemos creer que cortar la relación nos liberará del movimiento interno que se ha despertado.
Pero la experiencia demuestra otra cosa:
aunque el vínculo se rompa en lo externo, la intensidad interna aumenta. Sin palabras, hay más ruido.
Esto sucede porque hemos confundido a la otra persona con nuestro problema.
Hemos proyectado una sombra en ella y, al hacerlo, convertimos al otro en enemigo, amenaza o responsable de algo que en realidad nos pertenece integramente.
Ponemos el poder fuera y perdemos potencia.
El vínculo —o el otro— no creó el conflicto: delató la herida.
La incomodidad que se activa es una memoria, un miedo, un patrón que ya estaba ahí, silencioso, esperando un detonador.
El otro es solo el gatillo.
No es la herida, ni el verdugo.
Por eso, cuando cortamos un vínculo sin asumir lo que se movió dentro, no resolvemos nada:
solo hundimos en sombra el material que necesitamos mirar.
Esa parte relegada vuelve más adelante con otra cara, otro cuerpo, otro nombre, pero con una vibración baja por haber quedado en sombra.
Volverá a pedir ser integrada.
Si realmente queremos terminar un pacto vincular, no basta con alejarnos físicamente.
Un pacto solo se completa cuando podemos reconocer, asumir y responsabilizarnos del movimiento que el otro despertó más allá de juicios y narrativas, colocándolo en un espacio de amor interno.
Espacio de amor interno no es contarte el cuento de que le tienes mucho cariño, es dejar de ver en el otro el problema, es asumir el reflejo que te trae y te mueve como algo que tu misma estás convocando.
Cuando eso sucede, el vínculo ya cumplió su propósito y la vida nos permite pasar a otra fase de experiencia.
El otro nunca fue el problema.
El otro encarnó el arquetipo que más nos dolía.
Si un vínculo te hace perder el centro, no es el vínculo el que habla: es tu herida más antigua despertando.
Lo retorcido no está afuera.
Lo que duele no es la persona.
Es la trama interna que se activa al contacto.
La vida coloca personas que prenden esa trama solo para que podamos liberarnos de ella.
Cuando lo asumimos, el otro se convierte en catalizador, y no en destino.
Nada de lo que ocurre es para demostrarle nada a nadie.
Todo sucede para recuperar un territorio interno que quedó fragmentado, excluido o rechazado.
Cuando recuperamos ese lugar, la herida deja de pedir interlocutores.
Entonces, por fin, somos libres
Este punto del ciclo de Venus no es un castigo:
es un desalojamiento.
La vida expulsa lo viejo.
Expulsa el personaje que ya no sirve para continuar.
Expulsa la versión de Venus que ya no puede acompañarnos al renacimiento.
Este portal:
Deshace el soporte falso
Lo que parecía sostenernos —controles, patrones, apegos— ya no funciona.
Revela el miedo que dirige la danza
Porque para renacer, primero hay que ver qué nos ha gobernado desde la sombra.
Devuelve el poder a la raíz
La energía no se fuga hacia la ansiedad o la fantasía: vuelve al cuerpo.
Corta el suministro a las “mascotas del miedo”
Lo que se deja de alimentar, muere.
Prepara la muerte del ego
Pero no una muerte cruel: una muerte necesaria para revelar el corazón verdadero del deseo.
La vida no te está arrancando nada.
La vida está desanudando lo que ya no te pertenece:
desordenando la identidad que te aprisionaba,
rompiendo el personaje que no podía sostener más tu verdad, desmantelando las lealtades inconscientes que guiaban tus decisiones sin que lo supieras.
No estás perdiendo el control:
estás perdiendo la máscara.
No estás cayendo en la locura:
estás cayendo fuera de una estructura que ya no puede acompañarte.
Este momento:
Te pide presencia, para no huir de lo que duele.
Te pide valentía, para mirar lo que antes evitabas.
Te pide silencio, para escuchar la verdad que emerge sin disfraces.
Te pide entrega, para dejar que la vida haga su trabajo en ti.
Te pide confiar en la parte de ti que ya sabe caminar en la oscuridad.
Lo que nacerá después será una versión más honesta, más libre, más poderosa.
Una Venus que ya no huye de su sombra.
Una Luna que no esconde su sensibilidad.
Un corazón que ya no confunde amor con miedo.
Camina.
Respira.
No te aferres a la memoria.
No retrocedas al personaje antiguo.
Conéctate al regalo del presente.
Lo auténtico no te enreda:
te expande.
La transformación que mas deseas en tu vida puede que se esconda en aquello que más resistes enfrentar.
Si sientes el llamado de Venus latiendo dentro,
aún puedes unirte al
Inframundo de Venus,
una travesía viva y ritual
donde compartiremos con profundidad
la liturgia de este tránsito
y todo lo que va brotando de él.