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8 de enero de 2026
Venus y Marte se encuentran para recordar cómo se ama a través de diferentes formas de encarnar el deseo.
No es un encuentro cualquiera.
Las conjunciones entre los amantes cósmicos marcan el tono del baile que se desplegará durante el nuevo ciclo de dos años: la manera en que el deseo y el amor se reconocen, se buscan, se confrontan y se sostienen.
No solo en los vínculos con otros, sino en la relación más íntima y silenciosa: el diálogo interno entre lo que deseamos y lo que valoramos.
Cada conjunción redefine ese pacto.
La última vez que se unieron, el 22 de febrero de 2024, lo hicieron en Acuario. Fue un baile aéreo, moderno, experimental. Un tiempo donde la libertad, el desapego y la necesidad de espacio guiaron la danza.
Allí el amor aprendió a no asfixiar y el deseo a no poseer. Fue una coreografía de distancia consciente, de vínculos que pedían aire para existir.
Una especie de contact donde no había secuencia fija ni esperada, solo una disponibilidad donde en la propia improvisación del mínimo contacto se va dilucidando el movimiento.
Ahora, el encuentro ocurre en Capricornio.
Y el paso del baile cambia por completo. Capricornio no improvisa, y propone una especie de tango estructurado.
No seduce con promesas ni con ideas.
Exige verdad, responsabilidad y presencia sostenida.
Este nuevo paso de danza no se basa en la chispa momentánea, sino en la capacidad de permanecer.
Aquí, amar implica hacerse cargo.
Desear implica comprometer energía, tiempo y coherencia. No hay lugar para lo tibio ni para lo que no puede sostenerse en el tiempo.
Pero este encuentro no sucede en cualquier momento del ciclo. Ocurre justo en el corazón del Inframundo, cuando la diosa debe resucitar y recuperar su forma visible.
Venus debe emerger transformada, sin máscaras, sin proyecciones, sin necesidad de ser validada.
Y es entonces cuando Marte aparece.
Marte llega en el final de su propio ciclo, agotando su recorrido, como si en su último aliento se ofreciera a impulsar el regreso de Venus.
No como salvador, sino como fuerza que acompaña, que proyecta, que presta estructura y dirección al deseo que ha sido purificado en la oscuridad.
La imagen es sublime:
Marte no invade el inframundo, espera en el umbral. Y cuando Venus está lista, le ofrece impulso, cuerpo y dirección.
Este gesto recuerda a los seres enviados por Enki, el Galatur y el Kulgarra en el mito de Inanna, que son enviados con el agua y el alimento de la vida.
No vienen a rescatar desde el poder, sino a devolver la circulación de la sangre. A permitir que lo que ha muerto pueda ascender transformado.
En Capricornio, este encuentro sella una alianza madura.
El deseo deja de ser reactivo.
El amor deja de ser idealizado.
Nace una forma de vincularnos —con nosotras mismas y con otros— que no necesita demostrarse constantemente, porque se construye en la constancia, en la palabra sostenida, en el gesto que se repite con verdad.
Esta conjunción no promete euforia.
Promete durabilidad.
No promete ligereza.
Promete profundidad encarnada.
Los próximos dos años pedirán un baile honesto entre Venus y Marte: una danza donde el placer no esté separado del compromiso, y donde la acción no contradiga al corazón.
Un baile donde amar y desear ya no sean fuerzas opuestas, sino movimientos coordinados de una misma voluntad de vida.
Este es el momento de renovar los votos desde la experiencia atravesada y desde lo que ha sobrevivido al inframundo.
Y así, sostenida por Marte, Venus comienza a prepararse para su ascenso. Como un tallo que proyecta una nueva flor al cielo para volver a florecer.
En el espacio del propio baile se juega mucho más que una simple danza entre lo femenino y lo masculino.
Este baile es el escenario donde se escenifica prácticamente todo el cielo, porque los amantes deben dar voz a todas las fuerzas —personales y transpersonales— por las que ambos son atravesados.
Es, además, un territorio perfectamente dispuesto para la emergencia de Lilith.
El vínculo no está diseñado para responder a la imagen que cada una de las partes tiene sobre la vincularidad. Ningún encuentro viene a confirmar lo que creemos saber. Cada relación es un misterio único e irrepetible que empuja a ir más allá de lo que queremos y de lo que creemos, rompiendo formas preconcebidas, expectativas y guiones previos.
Y es en la dificultad de soltar la forma conocida para poder encontrarnos con otro —o con otra parte de nosotras mismas— donde a veces comienza una pequeña traición a una misma. Una fractura íntima, casi imperceptible. Un silencioso desvío de la propia verdad.
Ese es el alimento que va macerando a Lilith hasta que, tarde o temprano, necesita expresarse. Y posiblemente no de la mejor manera.
El vínculo se convierte así en el terreno fértil donde Lilith se activa, se manifiesta y reclama ser mirada.
En el taller de Lilith nos adentraremos entre otros en este punto clave: el espacio del vínculo, donde la traición a una misma se vuelve visible y la fuerza de Lilith pide ser mirada e integrada.
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