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No te escribo para decirte lo que va a pasar en este año que comienza. Te escribo para compartir mi mirada y atestiguar con mi relato este momento inestable e incierto, que dispara y obliga a lo creativo.
Te escribo para contarte dónde estamos varadas.
Este tiempo no pide predicciones, pide ser habitado con presencia.
Pide leer el campo: las mareas, los silencios, las tensiones que atraviesan el cuerpo y los vínculos.
La astrología, en este momento, no es una respuesta: es una conversación viva entre el Cielo y la Tierra que nos incluye.
Caminamos uno de esos momentos donde la emoción crece hasta ocuparlo todo y volverse visible.
Como si algo dentro necesitara hacerse grande para que por fin podamos mirarlo sin distraernos.
El mundo emocional se amplifica, se vuelve imposible de ignorar, y con él emergen necesidades antiguas, no atendidas. Partes vulnerables que aprendieron a adaptarse en silencio y que ahora quieren ser reconocidas.
Puede aparecer con claridad la forma exacta en que nuestro niño interior sigue hablando a través de la vida cotidiana: en reacciones, en formas de vincularnos, en automatismos que no elegimos conscientemente, pero que se manifiestan como una sensación viva en el cuerpo.
La invitación no es corregir ni silenciar, sino asumir una nueva posición interna:
convertirnos en quienes sostienen, validan
y cuidan eso que quedó sin espacio.
Este momento también puede tocar una herida profunda relacionada con la identidad. La memoria de haber tenido que sacrificar aspectos auténticos de lo que somos para pertenecer, para ser amados, para sentir seguridad. El dolor de todo lo que no fue permitido se asoma como una verdad que pide ser mirada con discernimiento. Una verdad que no viene para romper con nuestras raíces, sino para distinguir qué es propio y qué fue aprendido y repetido para sobrevivir.
Esta Luna llena ilumina un territorio íntimo.
Su luz no viene a iluminar algo nuevo, sino a mostrarte con claridad algo que ya estaba ahí, sosteniendo las inercias de tu vida desde hace tiempo.
Cáncer habla del origen, de la pertenencia, del cuerpo que recuerda antes de que la mente nombre.
Del ombligo, de la digestión emocional y la sensación interna.
Cáncer es la memoria implícita, el hechizo programado.
La pregunta en este plenilunio no es qué quieres lograr, sino qué necesitas cuidar para poder continuar.
Qué vínculos te nutren de verdad.
Qué espacios siguen siendo hogar.
Qué gestos cotidianos te devuelven al pulso de lo vivo.
La Luna en Cáncer susurra.
Y si te detienes a escuchar, quizá notes que hay un cansancio antiguo que pide amparo,
o una lealtad heredada que ya no puede seguir cargándose en silencio.
Quizá se trate de rescatar la memoria que sostiene
y soltar la que aprieta.
No todo lo que nos formó tiene que seguir dirigiéndonos.
Este tiempo tiene algo de culminación silenciosa.
Algo que se gestó meses atrás, allá por el novilunio de Cáncer, a finales de junio, cuando todavía no sabíamos bien hacia dónde íbamos, ahora puede empezar a comprenderse.
No necesariamente porque ocurra algo externo, sino porque internamente algo muere, algo se reacomoda, algo deja de empujarnos desde la inercia de la herida.
Sentir es imprescindible.
No hay sanación sin atravesar la emoción.
Pero no basta con sentir: necesitamos encontrar sentido.
Darle un para qué a lo que vivimos.
Cuando una emoción es habitada sin juicio,
dura poco en el cuerpo.
Lo que la vuelve crónica es la represión, la culpa, la negación.
Por eso la propuesta es íntima y radical:
entablar un vínculo consciente con el cuerpo emocional, escuchar el mensaje que trae, reconocer la necesidad que lo sostiene y hacernos cargo de nuestras digestiones emocionales.
Todo tiene derecho a existir.
También lo que sentimos.
Al mismo tiempo, se activa una tensión conocida entre lo que debemos y lo que necesitamos. Entre la estructura que sostiene y la sensibilidad que pide cuidado.
No se trata de elegir un lado o el otro, sino de reorganizarnos por dentro para que la responsabilidad no siga aplastando la emoción, ni la emoción boicoteando el compromiso.
Asumir que algo que antes nos definía puede dejar de hacerlo,
y que aceptar que esa verdad es un acto de madurez.
Este momento también abre un nuevo caminar en la relación con el valor propio, asumiendo el compromiso sostenido con una misma.
Contar con una.
Mirarse.
Sostenerse.
Respetarse.
Amarse en actos concretos, pequeños, cotidianos.
Lo que viene gestándose en la forma en que nos habitamos se refleja inevitablemente en los vínculos. Porque la relación con el otro siempre es espejo de la relación que mantenemos con nosotras mismas.
Hay cierres, y también movimientos.
Esta culminación puede impulsarnos a una acción que nos ayude a salir de viejas posiciones de identidad.
A diferenciarnos.
A recuperar la seguridad más allá de las zonas conocidas.
No necesitamos refugiarnos eternamente en espacios de pertenencia que ofrecen seguridad a costa de limitar lo auténtico.
Hay ilusiones que empiezan a disolverse, y con ello la posibilidad de alinear nuestra acción con algo más verdadero.
La emoción se vuelve brújula.
No para ser descargada en el otro, sino para ser escuchada, sostenida, integrada.
Aprender a autorregularnos. Validarnos. Comprendernos.
La emoción no es el problema: es la guía.
Si estamos dispuestas a escucharla, este tiempo puede ayudarnos a reorganizar lo interno, ajustar lo externo y dar un paso más en coherencia con el movimiento profundo de nuestra alma.
Se está dando un maridaje extraño y fértil entre dos territorios que rara vez se entienden: Cáncer y Sagitario.
Uno guarda la memoria del origen; el otro busca sentido más allá del horizonte. Ambos llegan a la intuición por diferentes caminos.
Las grandes narrativas que nos sostienen, esas estructuras de significado que creemos haber elegido, muchas veces nacieron como respuesta a una necesidad emocional antigua. Creencias que antes de ser ideas, fueron refugios. Creencias que se instalaron en Sagitario después de haberse cristalizado a partir de memorias en Cáncer.
Por eso la flecha no apunta hacia afuera, sino hacia el centro del cuerpo. Hacia el ombligo. Hacia las entrañas donde la emoción se digiere y la historia se vuelve carne.
La parte Cáncer está siendo invitada a encontrar seguridad más allá de la repetición y del encierro en lo conocido. A asumir la responsabilidad de su mundo emocional, no delegando el cuidado ni exigiendo consenso para sentirse a salvo. Aprender que el hogar es una misma y también puede moverse.
La parte Sagitario, en cambio, es llamada a bajar de la certeza. A aceptar la contradicción, la ambigüedad y la fragilidad como parte del camino. A dejar que algunas verdades se agrieten para que el sentido vuelva a ser vivo y no un dogma que oprime.
Cuando estos dos territorios se encuentran, algo se reordena. Cáncer gana sentido y expansión.
Sagitario gana hogar y memoria.
Y ambos pueden descubrir que pertenecer y expandirse
no son fuerzas opuestas, sino un mismo movimiento
cuando se vive desde el cuerpo.
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